Cualquier tipo de cultura que traiga consigo el próximo milenio deberá terminar con el concepto Arte tal como lo entendemos en la actualidad. La desaparición del arte como mercancía o producto de consumo será necesario para que el hombre recobre la confianza en sí, de lo contrario el arte se convertirá en otra distracción más.
En ese sentido cito a David Byrne cuando dice: “En el futuro la televisión será tan buena que la palabra escrita funcionará como una forma artística”.
Los artistas de hoy estamos a la expectativa, probando nuevas propuestas que permitan trascender la ortodoxia de nuestro tiempo y acostumbrarnos a la idea de que el arte desaparecerá y dejará su lugar a un culto del que ojalá todos participemos.
Hay artistas como Eloy Tarcisio que ya trabajan con esa idea y hay quienes creen en su obra como la expresión de culto (entiéndase esto último como algo que provoca introspección, meditación o alejamiento del materialismo). A esta gente es a la que se dirige Eloy. Su forma de trabajo recuerda a la del apóstol que para creer tenía que ver y tocar.
Es un hecho que las obras del hombre y la naturaleza que más despiertan la emoción estética (la cual puede moverse entre lo sublime y lo obsceno) son aquellas con las que nos sentimos identificados. Sentimos la presencia de algo más que los materiales, una especie de espiritualidad emanada de los mismos, pero también los sentimos parte de algo superior a nosotros. Nos identificamos con el artista que pone ante nuestros ojos un objeto que nos dejará una impresión perdurable, entonces ¿qué es más importante, la obra o la impresión que nos deja? Creo que ambas son importantes para el artista que anhela producir algo que deje una huella.
La casa de Eloy Tarcisio es una capilla, en sus paredes cuelgan trabajos impresionantes. En su estudio Eloy es un chaman que tiene pies y manos cubiertos de sangre y trabaja sobre una tela. La imagen del estudio como capilla y la del artista como creador y creyente solitario llevan a pensar en lo deseable que sería vivir un futuro en el que el arte no fuese un producto más sino un ejercicio purificador.
José Manuel Springer
crítico de arte
México 1992











